Salamanca

Brillan las luces de la piedra de Villamayor. Tras ella, el cielo limpio y añil.
Ahora mismo.

…y estoy aquí.

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Reloj

Hogar vacío;

ahora solo del tiempo

se oyen los pasos…

“No es perder.”

Es… bueno, renunciar a una cosa para conseguir otra(s). Un trueque. Un intercambio. Sí, eso: solo un intercambio. Lo viejo por lo nuevo. El precio de los verdes y las luces. No es perder.

Visto así… Visto así no debería doler. No pierdes, solo intercambias. Lo que tendrías (o no), por lo que quieres tener. Y tendrás. Si pagas, claro, por tus verdes y tus luces.

No pierdes. Perder implica dejar algo que tenías.

Solo es renunciar a una búsqueda para conseguir otra. Olvida la búsqueda vieja, vendrán nuevas.

No pierdes. No debería doler.

Entonces, ¿por qué llorar y temblar y reír, desconsolada, a veces?

Joyitas (Sí, soy una cursi)

_ ¿Sabes que tienes los ojos preciosos?

Quise acercarme y decírselo. Porque realmente lo pensaba. Porque era verdad.

Quise decírselo, pero ni siquiera me planteé hacerlo. Porque le habría parecido muy raro. Porque realmente habría sido muy raro abordar a una completa desconocida para soltarle tal galantería y volver, con una sonrisa, a mi asiento.

Bajé del autobús gruñendo por esta pequeña frustración. O puede que no por esta en concreto, sino por todos los elogios que, precisamente por sinceros, me he callado.

Conozco a algunas personas maravillosas. Joyitas me gusta llamarlas. Son personas que sin duda merecen que pasara el sofocante apuro de decir, inevitablemente con un pequeño ataque de risa nerviosa,: “Eres una joyita, quería que lo supieras. Me alegro muchísimo de conocerte.”

(Ay, ay, ay, ayayayayayayayyyyy.)

Lo merecen, sí, pero ni siquiera me planteo… no, ni siquiera me imagino capaz de decirlo.

(Me avergüenza constatar que, en cambio, exabruptar apreciaciones no del todo positivas no me resulta tan problemático.)

Pero sí, de verdad querría que lo supieran. Que supierais que lo pienso, que lo sois.

Mañana

        “ISABEL: Estaba desesperada…, ¡no podía más! Nunca tuve una casa, ni un hermano, ni siquiera un amigo. Y sin embargo esperaba…, esperaba en aquel cuartucho de hotel, sucio y frío. Ya ni siquiera pedía que me quisieran; me hubiera bastado alguien a quien querer yo. Ayer, cuando perdí mi trabajo, me sentí de pronto tan fracasada, tan inútil. Quería pensar en algo y no podía; solo una idea estúpida me bailaba en la cabeza:  ‘no vas a poder dormir…, no vas a poder dormir’. Fue entonces cuando se me ocurrió comprar el veronal. Seguramente las calles estaban llenas de luces y de gente como otras noches, pero yo no me di cuenta hasta que llegué a mi cuarto tiritando. Hasta aquel pobre vaso en que revolvía el veronal tenía rajado el vidrio. Y la idea estúpida iba creciendo: ‘¿Por qué una noche sola…? ¿Por qué no dormirlas todas de una vez?’ Algo muy hondo se rebelaba dentro de mi sangre mientras volcaba en el vaso el tubo entero; pero ni un clavo donde agarrarme; ni un recuerdo, ni una esperanza… Una mujer terminada antes de empezar. Había apagado la luz y sin embargo cerré los ojos. De repente sentí como una pedrada en los cristales y algo cayó dentro de la habitación. Encendí temblando… Era un ramo de rosas rojas y un papel con una sola palabra: ‘¡Mañana!’ […]”

[Los árboles mueren de pie, Alejandro Casona]

“Mañana, mañana”. Ahora yo también tengo un mañana. Aún es inmaterial, incierto, lejano, indefinido. Pero es mi mañana. Como unas rosas, ¡mías!, las primeras que recibía en mi vida…

“Mañana. Mi mañana”. ¡Qué feliz suena!

Pero ¿y si hoy él me llamara: “¡Espera!”…? No, no, no. No lo pienses, es absurdo. Olvida eso, entristece en vano. Concéntrate: Mañana. Repítelo otra vez: mañana. Convéncete: mañana.

“Mañana, mañana, mañana”. Verdes y luces en mi mañana.

Somos lo que no somos

Es una habitación pequeña y sencilla, con mucha luz. Al principio, me parecía extraña e impersonal, pero ahora no deja de sorprenderme que, a pesar del poco tiempo que llevo aquí, diga tanto de mí, puede que incluso más que la de Casa, la de Pamplona. No tiene muchos muebles, solo una mesa de estudio, sobre la que ahora están desparramados mis apuntes de Introducción al Teatro Español, una de mis asignaturas favoritas; un armario demasiado grande para mí y mi cama, con colcha lisa, bastante fea, oculta casi por completo por el maremágnum de sábanas, mantas, almohadas y ropa que he descartado para hoy ‒ hay cosas que nunca cambian ‒. A cada lado de la cama, una mesilla de noche: sobre una de ellas, un mikado de canela y naranja y el despertador; sobre la otra, una edición bilingüe de El libro del desasosiego de Bernardo Soares, mis gafas y un marco gris que estaba pensado para una foto que no me llegué a sacar y me recuerda que no debo rendirme a la inacción. A sus pies, la caja de cartón en la que guardo mis libros y la guitarra que tanto me está costando aprender a tocar.

Cojo las llaves, y me echo un último vistazo en el espejo de la entrada: mi pelo, que ahora llevo a la altura de los hombros y parece algo más rizado, está hecho un desastre, como de costumbre, pero me gusta cómo me queda este vestido de, para variar, Springfield.

Ya en la calle, me subo en mi bicicleta, cada vez más descacharrada y menos roja, y pienso en lo feliz que soy paseando por las calles salmantinas, en mi ruta diaria hacia el Campus Histórico.

* * *

Somos lo que no somos, lo que no hemos llegado a ser.

Primavera árabe; crisis financiera, de la Eurozona y de los mercados; movimiento 15-M; grandes avances científicos y tecnológicos…

Estamos viviendo una de las épocas más interesantes de la Historia… desde el sofá, viendo la Tele.

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