Lluvias, fantasmas, mierda

Al parecer, no solo llueve en Pamplona.

Supongo que hay cosas de las que no puedes huir del todo. Puedes cambiarte, agujerearte la nariz, construirte una vida nueva… Pero no huir del todo.

Porque sí, puedes marcharte, alejarte, escapar a otra ciudad… Pero no solo llueve en Pamplona.

Al parecer, no se puede huir de la lluvia. Y son las mismas nubes, justamente las precisas nubes de las que huías, las que inundan, a veces, las calles de tus verdes y tus luces.

Esa puta lluvia que te empapaba, sin tregua, el año pasado sigue calándote los pies. Aunque la negaste rotundamente, aunque estés lejos… No parece importar.

¡¿Por qué no cuenta?! “Adiós, vieja lluvia. No me molestarás más. Estaré lejos…”

Pero, al parecer, no solo llueve en Pamplona. Y las nubes que inundan mi Salamanca son las mismas que tanto me llovieron allá.

Esas jodidas nubes que ya negué, que ya olvidé, que pensé haber dejado atrás…

Aquí, lejos, en Salamanca, llueve menos. Pero sigo con los pies mojados.

Y ya estoy muy cansada, joder. Cansada, resfriada, con los pies empapados.

Con los pies empapados de las mismas lluvias, los mismos fantasmas, la misma mierda.

Lejos. Cansada. Los pies empapados de la lluvia de Pamplona.

“No fue.”

Y ya está. Punto. No hay más. Y estaría bien. De hecho, estaría muy bien, sí. Si no fuera por los condicionales: “¿Y si…?” No, no, no. “No fue. Y ya. Punto.” Sí, estaría jodidamente bien si no fuera por las punzaditas del desasosiego, las dudas y las dudosas certezas, la opresión en el pecho, la quemazón en la garganta, y… no sé, y todo. Siempre al acecho, siempre, atacando sin avisar. ¿Y al final? Al final lo de siempre: llorar y temblar. Estúpida y ridícula. Como siempre.

Llorar y temblar y reír, desconsolada, a veces.

Desconocidos

Una señora tendía la colada en el balcón. Era una mujer de unos 50 años que repartía mecánicamente prendas blancas en el tendedero del balcón más alto de un edificio de viviendas de ladrillo rojizo envejecido. Era, por tanto, una señora corriente, ocupada en una labor corriente en un lugar corriente. Lo único que la diferenciaba de otras señoras corrientes con ocupaciones corrientes en lugares corrientes es que, por casualidad, había entrado en mi campo de visión.

Los desconocidos son una de mis obsesiones más peculiares (y, probablemente, mi favorita). El mero hecho de compartir un muy poquito de existencia con una persona más o menos ajena por simple coincidencia me resulta fascinante. Pero es que hay más: los desconocidos pueden ser significantes… e incluso influyentes.

Habré contado esta boba anécdota – ni siquiera es una historia – miles de veces. Malhumorada no recuerdo por qué, estaba esperando para pagar en una popular tienda de artículos deportivos. No suelo ser impaciente, pero en ocasiones, como entonces, las colas me desesperan. Ojeando el entorno sin verdadero interés, dirigí la vista hacia una especie de oficina y me topé con uno de los empleados, que me sonrío y saludó con la mano con una naturalidad y cordialidad que no deja de emocionarme. No pude evitar devolver el saludo, con una sonrisa espontánea y completamente sincera, como tampoco puedo evitar evocar tan nimio gesto con infinita simpatía y cariño. No fue un suceso relevante en mi vida y cada vez lo recuerdo más vagamente, pero, aunque parezca absurdo, para mí fue y sigue siendo importante.

Y puedo seguir. Pensando en este tema, un día caí en la cuenta de algo estupendo: potencialmente, soy una desconocida para un inconcebible número de personas. Cuando trabajaba de camarera (y también, aunque en menor medida, en otras situaciones), una de mis mayores motivaciones para hacer bien mi trabajo era llegar a ser para alguien “la desconocida que…”. Claro está que nunca hice nada loable, ni especialmente memorable, pero me enorgullece pensar que, sí, para un par de personas fui “la desconocida que me ayudó aquel día/ me recomendó ese libro/ se encargaba de que prepararan el plato que tanto me gustaba cuando sabía que iba a comer allí”. Sé que solo son pequeñas estupideces y que no es el mayor de los principios, la más interesante de las éticas ni la más ambiciosa de las filosofías. Pero, para mí, es una idea simpática por la que me gusta guiar al menos una parte de mi actitud.

Hace tiempo ya que la señora del balcón, acabada su tarea, se ha ido, completamente ajena a todo. Seguramente, no volveré a pensar en ella, ni la reconocería si la volviera a ver por la calle. Pero, por extraño que suene, una muy pequeñita parte de ella ha sido una muy pequeñita parte de mi vida, del mismo modo que yo lo habré sido de una imposible de definir cantidad de personas. ¿De verdad no es fascinante?

Un poquito de realidad

El murmullo claro de la televisión me acompaña en el desayuno. No presto demasiada atención a los matizados ecos de acontecimientos y sucesos, relevantes pero ajenos. Estoy repasando para el examen de esta tarde. Cambio de postura, como para desperezarme, y vuelvo la vista a mis apuntes, dictados por un profesor cualquiera de una universidad cualquiera, que recogen las principales ideas y contribuciones de algunos nombres, importantes pero ajenos. Dejo escapar un pequeño gruñido; preferiría estar leyendo. Me gusta la poesía, íntima pero ajena. Me apetece otro café. Café con leche y sacarina.

Siempre tomo el café con sacarina.

También me guardé una canción…

… entre el puñado de cosas que pensé que algún día te importarían.

La descubrí aquella tarde que quise bautizar como nuestra. Recuerdo que volví a casa llorando porque me sentía ridícula. Y recuerdo también que un mensaje insignificante hizo que todo pareciera mejor.

Han pasado meses, muchos meses, demasiados meses. Ya no hay momentos “nuestros”, ni mensajes alentadores, ni sonrisas al escuchar esta canción en forma de pregunta a la que nos imaginaba contestando que sí. Solo me quedan esta vieja sensación de ridículo, estas lágrimas ridículas y este ridículo puñado de cosas que, tal vez, podrían haberte importado.

En la maleta,

mi colección de nadas,

papel y lápiz.

La vacua anécdota de los dos timoratos erizos

Dejé abierta la maciza puerta de roble borne, motivada por la pueril esperanza de que aceptara mi invitación, tal vez demasiado formal. Todavía azorada por mi pequeña pero fatal imprudencia, examiné con socarronería las coquetas flores que tan cuidadosamente había dispuesto en el anodino jardín, con la ridícula pretensión de que pareciera más interesante. El medroso erizo de trémulas púas ya no estaba.

No lloré, ni siquiera un poco. Pero sí que reí; reí desconsolada y esdrújulamente.

Estado

Anteriores Entradas antiguas