“No fue.”

Y ya está. Punto. No hay más. Y estaría bien. De hecho, estaría muy bien, sí. Si no fuera por los condicionales: “¿Y si…?” No, no, no. “No fue. Y ya. Punto.” Sí, estaría jodidamente bien si no fuera por las punzaditas del desasosiego, las dudas y las dudosas certezas, la opresión en el pecho, la quemazón en la garganta, y… no sé, y todo. Siempre al acecho, siempre, atacando sin avisar. ¿Y al final? Al final lo de siempre: llorar y temblar. Estúpida y ridícula. Como siempre.

Llorar y temblar y reír, desconsolada, a veces.

Un poquito de realidad

El murmullo claro de la televisión me acompaña en el desayuno. No presto demasiada atención a los matizados ecos de acontecimientos y sucesos, relevantes pero ajenos. Estoy repasando para el examen de esta tarde. Cambio de postura, como para desperezarme, y vuelvo la vista a mis apuntes, dictados por un profesor cualquiera de una universidad cualquiera, que recogen las principales ideas y contribuciones de algunos nombres, importantes pero ajenos. Dejo escapar un pequeño gruñido; preferiría estar leyendo. Me gusta la poesía, íntima pero ajena. Me apetece otro café. Café con leche y sacarina.

Siempre tomo el café con sacarina.

También me guardé una canción…

… entre el puñado de cosas que pensé que algún día te importarían.

La descubrí aquella tarde que quise bautizar como nuestra. Recuerdo que volví a casa llorando porque me sentía ridícula. Y recuerdo también que un mensaje insignificante hizo que todo pareciera mejor.

Han pasado meses, muchos meses, demasiados meses. Ya no hay momentos “nuestros”, ni mensajes alentadores, ni sonrisas al escuchar esta canción en forma de pregunta a la que nos imaginaba contestando que sí. Solo me quedan esta vieja sensación de ridículo, estas lágrimas ridículas y este ridículo puñado de cosas que, tal vez, podrían haberte importado.

En la maleta,

mi colección de nadas,

papel y lápiz.

La vacua anécdota de los dos timoratos erizos

Dejé abierta la maciza puerta de roble borne, motivada por la pueril esperanza de que aceptara mi invitación, tal vez demasiado formal. Todavía azorada por mi pequeña pero fatal imprudencia, examiné con socarronería las coquetas flores que tan cuidadosamente había dispuesto en el anodino jardín, con la ridícula pretensión de que pareciera más interesante. El medroso erizo de trémulas púas ya no estaba.

No lloré, ni siquiera un poco. Pero sí que reí; reí desconsolada y esdrújulamente.

Estado

 

[…]

un beso de un querube en tus mejillas;

algo apacible y leve,

y escrita sobre la hoja de albo lirio,

una rima de Bécquer.

 

[Lo que yo te daría, Rubén Darío]

Anodina

– una palabra bonita, curiosa, musical, sugestiva.

– una dolorosa etiqueta, que pesa más que un saco de fracasos.

 

* Véase también: mediocre.

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