Desconocidos

Una señora tendía la colada en el balcón. Era una mujer de unos 50 años que repartía mecánicamente prendas blancas en el tendedero del balcón más alto de un edificio de viviendas de ladrillo rojizo envejecido. Era, por tanto, una señora corriente, ocupada en una labor corriente en un lugar corriente. Lo único que la diferenciaba de otras señoras corrientes con ocupaciones corrientes en lugares corrientes es que, por casualidad, había entrado en mi campo de visión.

Los desconocidos son una de mis obsesiones más peculiares (y, probablemente, mi favorita). El mero hecho de compartir un muy poquito de existencia con una persona más o menos ajena por simple coincidencia me resulta fascinante. Pero es que hay más: los desconocidos pueden ser significantes… e incluso influyentes.

Habré contado esta boba anécdota – ni siquiera es una historia – miles de veces. Malhumorada no recuerdo por qué, estaba esperando para pagar en una popular tienda de artículos deportivos. No suelo ser impaciente, pero en ocasiones, como entonces, las colas me desesperan. Ojeando el entorno sin verdadero interés, dirigí la vista hacia una especie de oficina y me topé con uno de los empleados, que me sonrío y saludó con la mano con una naturalidad y cordialidad que no deja de emocionarme. No pude evitar devolver el saludo, con una sonrisa espontánea y completamente sincera, como tampoco puedo evitar evocar tan nimio gesto con infinita simpatía y cariño. No fue un suceso relevante en mi vida y cada vez lo recuerdo más vagamente, pero, aunque parezca absurdo, para mí fue y sigue siendo importante.

Y puedo seguir. Pensando en este tema, un día caí en la cuenta de algo estupendo: potencialmente, soy una desconocida para un inconcebible número de personas. Cuando trabajaba de camarera (y también, aunque en menor medida, en otras situaciones), una de mis mayores motivaciones para hacer bien mi trabajo era llegar a ser para alguien “la desconocida que…”. Claro está que nunca hice nada loable, ni especialmente memorable, pero me enorgullece pensar que, sí, para un par de personas fui “la desconocida que me ayudó aquel día/ me recomendó ese libro/ se encargaba de que prepararan el plato que tanto me gustaba cuando sabía que iba a comer allí”. Sé que solo son pequeñas estupideces y que no es el mayor de los principios, la más interesante de las éticas ni la más ambiciosa de las filosofías. Pero, para mí, es una idea simpática por la que me gusta guiar al menos una parte de mi actitud.

Hace tiempo ya que la señora del balcón, acabada su tarea, se ha ido, completamente ajena a todo. Seguramente, no volveré a pensar en ella, ni la reconocería si la volviera a ver por la calle. Pero, por extraño que suene, una muy pequeñita parte de ella ha sido una muy pequeñita parte de mi vida, del mismo modo que yo lo habré sido de una imposible de definir cantidad de personas. ¿De verdad no es fascinante?

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Un poquito de realidad

El murmullo claro de la televisión me acompaña en el desayuno. No presto demasiada atención a los matizados ecos de acontecimientos y sucesos, relevantes pero ajenos. Estoy repasando para el examen de esta tarde. Cambio de postura, como para desperezarme, y vuelvo la vista a mis apuntes, dictados por un profesor cualquiera de una universidad cualquiera, que recogen las principales ideas y contribuciones de algunos nombres, importantes pero ajenos. Dejo escapar un pequeño gruñido; preferiría estar leyendo. Me gusta la poesía, íntima pero ajena. Me apetece otro café. Café con leche y sacarina.

Siempre tomo el café con sacarina.

<< […] Yo venero la religión, bien lo sabes tú; yo siento que es un báculo para desfallecidos y un refrigerio para los devorados por la sed. Ahora bien, ¿puede serlo, debe serlo para cada uno de nosotros? Si echas una mirada al vasto universo, encontrarás a millares para quienes no lo fue, a millares para quienes no lo será, les haya sido predicada o no, y ¿habrá de serlo para mí? ¿No dijo el mismo Hijo de Dios que solo estarán con Él aquellos a los que el Padre haya elegido? ¿Y si yo no he sido elegido? […] >>

[Las desventuras del joven Werther, Johann Wolfgang von Goethe]

Clases de francés

           Pero, ¿qué te puedo enseñar yo, que todavía tengo tanto que aprender?

           ¿Qué puedo decir yo, que todavía tengo tanto que escuchar?

           ¿Qué puedo recordar yo, que todavía tengo tanto que vivir…?

_ Ah, ¿has acabado ya el ejercicio? Venga, repitamos una vez más: je suis, tu es, il est…

           Hoy quiero creer que todo cuento, sueño o poesía, por nimio que parezca, vale más que cualquiera de vuestras teorías científicamente demostradas.

Gris empirismo;

el mundo necesita

más poesía.

Sobre las urracas y otros seres vacíos

Imaginemos, por un momento, una pequeña urraca. Bien por imitación a sus padres, bien por instinto propio de su especie, la pequeña urraca ha construido un modesto nido, que se empeña en llenar con todo tipo de objetos. Joyas, monedas, cables, bolitas de papel de aluminio… Cualquier cosa que se le antoje lo suficientemente brillante.

Lo cierto es que su colección de preciosidades resulta impresionante, pues alberga algunas joyas tan valiosas como espléndidas. Desgraciadamente, la pequeña urraca, en su afán de conseguir más – y no siempre mejores- caprichos, olvida pararse a admirar su ya no tan modesto tesoro.

Así nosotros intentamos llenar nuestro vacío interior con todo tipo de cosas, bien tesoros, bien sucedáneos de estos. Supersticiones, conocimientos, creencias. Dinero, maletines, ocupaciones. Amigos, enemigos, amados. Experiencias, planes, sueños. Poco importa; tenemos vacío suficiente para todo.

¿Y no bastaría – me pregunto- con abandonar, por un instante, nuestra búsqueda tantas veces infructuosa para parar a deleitarnos en la contemplación de nuestras tristemente subestimadas adquisiciones?

<< En tu tierra – dijo el principito- los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… Y no encuentran lo que buscan… […] Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua…>>
 
[El Principito, Antoine de Saint-Exupéry]

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