“No fue.”

Y ya está. Punto. No hay más. Y estaría bien. De hecho, estaría muy bien, sí. Si no fuera por los condicionales: “¿Y si…?” No, no, no. “No fue. Y ya. Punto.” Sí, estaría jodidamente bien si no fuera por las punzaditas del desasosiego, las dudas y las dudosas certezas, la opresión en el pecho, la quemazón en la garganta, y… no sé, y todo. Siempre al acecho, siempre, atacando sin avisar. ¿Y al final? Al final lo de siempre: llorar y temblar. Estúpida y ridícula. Como siempre.

Llorar y temblar y reír, desconsolada, a veces.

Desconocidos

Una señora tendía la colada en el balcón. Era una mujer de unos 50 años que repartía mecánicamente prendas blancas en el tendedero del balcón más alto de un edificio de viviendas de ladrillo rojizo envejecido. Era, por tanto, una señora corriente, ocupada en una labor corriente en un lugar corriente. Lo único que la diferenciaba de otras señoras corrientes con ocupaciones corrientes en lugares corrientes es que, por casualidad, había entrado en mi campo de visión.

Los desconocidos son una de mis obsesiones más peculiares (y, probablemente, mi favorita). El mero hecho de compartir un muy poquito de existencia con una persona más o menos ajena por simple coincidencia me resulta fascinante. Pero es que hay más: los desconocidos pueden ser significantes… e incluso influyentes.

Habré contado esta boba anécdota – ni siquiera es una historia – miles de veces. Malhumorada no recuerdo por qué, estaba esperando para pagar en una popular tienda de artículos deportivos. No suelo ser impaciente, pero en ocasiones, como entonces, las colas me desesperan. Ojeando el entorno sin verdadero interés, dirigí la vista hacia una especie de oficina y me topé con uno de los empleados, que me sonrío y saludó con la mano con una naturalidad y cordialidad que no deja de emocionarme. No pude evitar devolver el saludo, con una sonrisa espontánea y completamente sincera, como tampoco puedo evitar evocar tan nimio gesto con infinita simpatía y cariño. No fue un suceso relevante en mi vida y cada vez lo recuerdo más vagamente, pero, aunque parezca absurdo, para mí fue y sigue siendo importante.

Y puedo seguir. Pensando en este tema, un día caí en la cuenta de algo estupendo: potencialmente, soy una desconocida para un inconcebible número de personas. Cuando trabajaba de camarera (y también, aunque en menor medida, en otras situaciones), una de mis mayores motivaciones para hacer bien mi trabajo era llegar a ser para alguien “la desconocida que…”. Claro está que nunca hice nada loable, ni especialmente memorable, pero me enorgullece pensar que, sí, para un par de personas fui “la desconocida que me ayudó aquel día/ me recomendó ese libro/ se encargaba de que prepararan el plato que tanto me gustaba cuando sabía que iba a comer allí”. Sé que solo son pequeñas estupideces y que no es el mayor de los principios, la más interesante de las éticas ni la más ambiciosa de las filosofías. Pero, para mí, es una idea simpática por la que me gusta guiar al menos una parte de mi actitud.

Hace tiempo ya que la señora del balcón, acabada su tarea, se ha ido, completamente ajena a todo. Seguramente, no volveré a pensar en ella, ni la reconocería si la volviera a ver por la calle. Pero, por extraño que suene, una muy pequeñita parte de ella ha sido una muy pequeñita parte de mi vida, del mismo modo que yo lo habré sido de una imposible de definir cantidad de personas. ¿De verdad no es fascinante?