Un poquito de realidad

El murmullo claro de la televisión me acompaña en el desayuno. No presto demasiada atención a los matizados ecos de acontecimientos y sucesos, relevantes pero ajenos. Estoy repasando para el examen de esta tarde. Cambio de postura, como para desperezarme, y vuelvo la vista a mis apuntes, dictados por un profesor cualquiera de una universidad cualquiera, que recogen las principales ideas y contribuciones de algunos nombres, importantes pero ajenos. Dejo escapar un pequeño gruñido; preferiría estar leyendo. Me gusta la poesía, íntima pero ajena. Me apetece otro café. Café con leche y sacarina.

Siempre tomo el café con sacarina.

También me guardé una canción…

… entre el puñado de cosas que pensé que algún día te importarían.

La descubrí aquella tarde que quise bautizar como nuestra. Recuerdo que volví a casa llorando porque me sentía ridícula. Y recuerdo también que un mensaje insignificante hizo que todo pareciera mejor.

Han pasado meses, muchos meses, demasiados meses. Ya no hay momentos “nuestros”, ni mensajes alentadores, ni sonrisas al escuchar esta canción en forma de pregunta a la que nos imaginaba contestando que sí. Solo me quedan esta vieja sensación de ridículo, estas lágrimas ridículas y este ridículo puñado de cosas que, tal vez, podrían haberte importado.