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un beso de un querube en tus mejillas;

algo apacible y leve,

y escrita sobre la hoja de albo lirio,

una rima de Bécquer.

 

[Lo que yo te daría, Rubén Darío]

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Para mí…

           El otoño es deambular por las calles moteadas de rojo y ocre, con las manos en los bolsillos y la cara escondida en una larga bufanda. Llegar a casa, quitarme las botas, sentarme junto a la ventana y dibujar a lápiz.

           El otoño es tomarme un Cola Cao bien calentito en pijama. Cerrar los ojos y perderme en el sonido de la lluvia. Renunciar a salir de mi madriguera. Envolverme en una manta y sonreír al imaginar el frío que hará en la calle. Sentir la necesidad de escribir algo.

           El otoño es perder la tarde en un buen libro. En recuerdos. En descubrir nuevas canciones. En meriendas en la cafetería de siempre. En partidas al Monopoly con mis hermanos.

           El otoño es sentir. Es la lluvia. El frío de encogerse. Las interminables tardes de domingo, la imperdonable agonía de que el tiempo no pasa, una continua sensación de pérdida. Es poesía; dejarse contagiar por los versos de Álvaro de Campos, esbozar haikus en servilletas de bar. Es silencio. Sosiego. Saudade. Es anhelos, melancolía, suspiros.

           Es pura metafísica, magia de la naturaleza. Un hechizo taciturno y mohíno que me cala febrilmente.

           Un encantamiento del que no quiero zafarme.