Subestimada

lluvia, musa de tantas

melancolías…

           — Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí, el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…

            El zorro calló y miró largo tiempo al principito.

           — ¡Por favor…, domestícame! —dijo.

[ El Principito, Antoine de Saint-Exupéry]

Gris empirismo;

el mundo necesita

más poesía.

El pequeño Alejandro

El pequeño Alejandro, mi hermano, está comiendo chocolate, sentado en mis rodillas. Sus cándidos ojos contemplan con infinita curiosidad el mundo que le rodea. De vez en cuando, esboza una sonrisa, siempre sincera. Parece feliz. Sencillamente feliz.

Qué le importan las grandes cuestiones, esas que de tantos quebraderos de cabeza son causa. Política, Economía, Progreso, Medioambiente, Arte, Ciencia, Metafísica, Religión, el Futuro.

Alejandro se ríe, ajeno a todo eso.

— Parece mentira que el año que viene vayas a empezar el colegio, cabezón— susurro, mientras le despeino con ternura—. Jugarás, cantarás, pintarás. Y aprenderás, claro que aprenderás: todo lo que es en verdad importante. Los primeros años de colegio descubres que hay más personas a las que tener en cuenta, que Mamá se pone contenta cuando le regalas un dibujo o que, si haces algo que no les gusta a los adultos, te castigarán. El mundo funciona así, pero no pasa nada, acabas acostumbrándote a las normas de los mayores.

>> Luego, las cosas se vuelven un pelín más serias. Dejas los juegos, canciones y dibujos y empiezas a rellenar hojas de grafismos y cuadernillos de cálculo. Te dicen que es importante para ti, para cuando seas mayor, para llegar a ser como Papá, Mamá o tus hermanos mayores. Presumes en cada cumpleaños de estar un poquito más cerca de aquellos que admiras. Cualquier persona te parece un amigo, siempre y cuando esté dispuesta a jugar contigo. Llegas a casa sonriendo todos los días, feliz por todo lo que has aprendido en el cole y Mamá y Papá seguirán mostrando lo orgullosos que están de ti, de que “progreses adecuadamente”.

>> Son años deliciosos. Más tarde, empiezas a desobedecer a los mayores, para explorar tus límites, para ver hasta dónde puedes llegar. Solamente son pequeñas maldades, claro, pequeños actos de rebeldía destinados a llamar la atención. Intentas alejarte de tus padres, conseguir algo más de independencia; tal vez una habitación nueva. Tal vez puedas quedarte con mi habitación, Alejandro, pues lo más probable es que yo no siga viviendo aquí entonces – ¿qué será de mí entonces? ¿Qué estaré haciendo, dónde, con quién? ¿Quién seré?…-. También conviertes a tus amigos en tus nuevas referencias, tus nuevos modelos, y los imitas, dejando que te contagien sus gustos, rechazos, manías. Crees que tienes que ser como ellos, para encajar, para que te tengan en cuenta, para sentirte parte de algo.

>> Esta sensación, esta necesidad de sentir que encajas, se va acentuando con el paso de los años. Te acabas viendo en la obligación, impuesta por ti mismo en realidad, de abandonar todo aquello que te gustaba “cuando solamente eras un niño pequeño”. Películas, juegos, canciones… Todo. Rechazo absoluto, sin compasión. En clase, acabarán matando tu curiosidad innata por el mundo, enseñándote a identificar “importante” con “útil”: lo que no sirve, no merece la pena; para qué interesarse por ello. “Para qué”, esa es la frase que mueve el Mundo de los mayores, pronto te darás cuenta de ello.

>> Y después… después llega el frío. La inseguridad, la incomprensión, la soledad. Te sientes distinto, tanto de los demás como de tu antiguo yo. Estos cambios te asustan, vaya que sí, y hacen que te sientas perdido, inseguro. Puede que empieces a rechazarte a ti mismo, y que esto te lleve a aislarte de los demás. Canalizarás tu ira, tu rabia, tu frustración, en rebelarte contra el mundo. Contra la sociedad, contra tus compañeros. Contra tus profesores. Contra tus padres… Ahh, los padres… A Papá y Mamá dejarán de hacerles felices tus pequeños logros. Te exigirán que cumplas con tus responsabilidades, con tus obligaciones. Y si ya lo haces, que lo hagas mejor, que te autosuperes; nunca se es suficientemente bueno. Y tú… dices que no los necesitas, que te dejen en paz, que estarías mejor solo. Pero sabes que en el fondo anhelas que te digan, que te demuestren, que están orgullosos de ti. Aunque sea una sola vez.

>> Tranquilo, Alejandro, también esa etapa se termina. Acabas asumiendo que tienes defectos, pero no dejas que eso te destruya. Encuentras a tus verdaderos amigos y eso hace que te vuelvas más seguro, más fuerte. En algunos momentos, llegas a pensar, a creer, que te vas a comer el mundo. Te construyes a ti mismo, te esfuerzas por convertirte en la persona que aspiras a llegar a ser. Buscas tu propio lugar en el mundo.

>> Pero justo cuando parece que todo va bien… empieza la presión. Intentas cumplir con las expectativas de todo el mundo, no defraudar a nadie. Te presionas al máximo para conseguirlo. Mientras, te exigen que empieces a tomar decisiones, tus primeras decisiones importantes. Sabes que son estas decisiones las que condicionarán tu futuro, tu vida. Y tienes miedo, mucho miedo. Miedo a equivocarte, a ser incapaz de tomar las riendas de tu vida, a no saber superar tu mediocridad.

>> Paralelamente, empiezas a salir de ti mismo, a descubrir el mundo. Descubres la injusticia en la sociedad, la corrupción en la política, la duda en la filosofía, los errores en la ciencia, la racionalidad en el arte. Todo te desencanta entonces. El mundo se te antoja absurdo, sin sentido. Temes que nada merece la pena. Ahh, pero tú no te resignarás, Alejandro, ¿verdad que no? Tú no te dormirás, como he hecho yo, ante un mundo que solo te produce rechazo, ¿verdad? Tú lucharás, pelearás por cambiar lo que no te gusta. Tú serás capaz de cambiar el mundo, pequeño, no como tu hermana…

>> También es entonces cuando descubres verdaderamente a la gente, a las otras personas. Eso sí que es interesante, sí que merece la pena. Vas a conocer a personas muy especiales, sorprendentes, admirables, dignas de tu confianza, modelos para ti. Pero también habrá quien te decepcione. Pocas cosas hay más dolorosas que descubrir que una persona, un amigo, no es quien tú creías que era.

>> A veces, no podrás evitar sufrir arrebatos de eso que llaman angustia existencial. No sabes quién eres, ni por qué estás aquí. Tampoco si piensas porque existes, si existes porque piensas o si puedes estar siquiera seguro de que pienses o existas. Te preguntas si tienes un fin último, una razón para estar en este mundo o si no somos más que producto del azar. Si eres tú de verdad o solamente lo que otros han hecho de ti. Si eres-en-sí o si eres-para-sí. Si no eres nada. Si existes, eres o estás…

>> Pero pronto estarás demasiado ocupado para preocuparte por todas estas cosas. Dejas la Metafísica para los que tienen tiempo libre, para los que tienen tiempo, y ganas, de pensar, de complicar la realidad hasta volverla incomprensible incluso para sí mismos. Y, sencillamente, acabas olvidándote de tan inservibles preocupaciones.

>> ¿Qué harás después, Alejandro? ¿Seguirás estudiando o empezarás a trabajar? Ya te he dicho que llega un momento en el que las decisiones que tomas lo suponen todo… En cualquier caso, tomes el camino que tomes, te deseo la mejor de las suertes, que hoy en día tan necesaria parece.

>> Serán unos años intensos, plenos. Tal vez los únicos que sea realmente lícito llamar vida. Una vida que vas a disfrutar, que vas a aborrecer. Que celebrarás, que rechazarás. Que te sorprenderá, que te acabará aburriendo. Que te deleitará. Que te hará sufrir de vez en cuando. Pero que, ineludiblemente, echarás de menos algún día.

>> Tras esto, llega un momento en el que “tienes que sentar la cabeza”. Buscas comodidad, seguridad, estabilidad. Una rutina. Así que empiezas a hacer lo que se supone que debes hacer, lo que la sociedad espera de ti: firmar una hipoteca para poder tener una casa, formar una familia (lo que comúnmente se entiende por casarte y tener hijos, vaya), comprar un coche mejor que el de tu vecino, coleccionar corbatas de lunares y lustrosos zapatos, buscar un trabajo y procurar ascender siempre que sea posible, tomar infinitas fotografías de los viajes realizados en tus quince días de vacaciones pagadas…

>> Imagino que entonces, cuando supuestamente lo tienes todo, te cuestionas si eres feliz. Te das cuenta de que has llenado tu vida de cosas, pero que, aun así, te sientes vacío. ¿Es que no es suficiente, que nunca es suficiente? ¿Es que lo que he hecho, lo que he logrado, no sirve para nada? ¿O tal vez es que me he equivocado por completo en mi planteamiento vital?

>> Debe de ser muy duro ver cómo el mundo que te has construido a lo largo de toda una vida empieza a tambalearse, a caer: tus hijos ya son independientes, te jubilas y te encuentras de pronto con un enorme hueco que no sabes cómo llenar en tu rutina, comienzas a perder a tus seres queridos – ¿y yo? ¿Seguiré yo viviendo entonces…? – y te sientes ya demasiado mayor, demasiado cansado para empezar de nuevo…

>> Creo, de todas formas, que nunca es tarde para llevar la vida que deseas, que siempre has anhelado llevar. Basta con tener valor, coraje. Pero hace falta mucho valor y mucho coraje. Y ser siempre fiel a uno mismo.

>> Porque, de repente, llega el Día, el día en que todo se acaba…

>> Y a partir de ese día, nada importan los planes que no llegaste a seguir, las opciones que rechazaste, los sueños que no cumpliste, las decisiones que no tomaste, las cosas que pudiste haber hecho pero no te atreviste, las oportunidades que perdiste…

>> Nada de eso tiene importancia.

>> ¿Sabes, Alejandro? Siempre he pensado que aquello que llaman alma son, en verdad, las huellas que dejamos en los demás. Pueden ser recuerdos, heridas, sorpresas, sentimientos… Cualquier cosa. Y creo que, mientras esas huellas no se borren, seguimos vivos, en cierto modo. En los demás.

>> Piensa bien cómo quieres ser, Alejandro. Quién quieres que los demás mantengan vivo. Y actúa, vive, en consecuencia, sin dejar en ningún momento de serte fiel a ti mismo.

El pequeño Alejandro sigue sentado en mis rodillas. Todavía ajeno a las grandes cuestiones – a la Política, la Economía, el Progreso, el Medioambiente, el Arte, la Ciencia, la Metafísica, la Religión, el Futuro… -y a mi sufrido discurso, juguetea con una de mis pulseras.

De pronto, suelta el improvisado juguete y me mira a los ojos. <<No te preocupes por todo eso— parece querer decirme, con su sonrisa manchada de chocolate—. Ahora, todavía al menos, soy feliz. Somos felices. Sencillamente felices.>>

Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar… andar.

Moviéndose a compás como una estúpida
máquina el corazón:
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.

Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae,
y cae sin cesar.

Así van deslizándose los días
unos de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer… y todos ellos
sin gozo ni dolor.

¡Ay! ¡a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
¡Amargo es el dolor; pero siquiera
padecer es vivir!

[RIMA LVI, Gustavo Adolfo Bécquer]