Instrucciones para encontrar un tema para las instrucciones

Querido Daniel,

considerando que lo más probable sea que hayas olvidado las condiciones que pactamos al decidir emprender el ambicioso proyecto de redacción de instrucciones, me he decidido a escribirte, desde el más absoluto resentimiento, un pequeño recordatorio, recogiendo alguna de las normas básicas que establecimos.

Resulta cómico acordarse de tu intención de escribir nuevas instrucciones cada semana. Afortunadamente, yo, como parte brillante del dúo, predije que tamaña gesta pronto se mostraría imposible. Qué habríamos hecho sin mí… En lugar de semejante suicidio, decidimos escribir periódicamente. Periódicamente, sí, pero con cierta frecuencia. Una vez al mes, más o menos, escogeríamos un tema brillante, ingenioso, inesperado, que nos obligara a superarnos a nosotros mismos. ¿Lo recuerdas?

Pero no era ahí donde quería llegar. Ah, no. Mi intención no era sino reprocharte que, pese a haber determinado turnarnos para elegir tema, tengo la irritante sensación de que casi todas las proposiciones han sido cosa mía. Algo más del 70%, de hecho. ¿No crees que va siendo hora de cambiar esta situación?

Por otra parte, antes de que me ataques sacando a relucir mi único punto débil, me defenderé recordándote que, sobre la puntualidad al publicar, no se dijo nada. Es cierto que mencionamos el establecer una fecha para publicar a la vez, sí, pero jamás acordamos prohibir los retrasos ni nada parecido. Así que ahí no me puedes pillar. Lo siento.

Creo que al llegar a este punto, habrás llegado a la conclusión de que necesitamos recoger por escrito las normas que, a partir de ese momento, nos veremos obligados a cumplir a rajatabla. Me alegro sinceramente, esa era mi intención.

Esperando atentamente tanto una respuesta como un nuevo (y mejor) tema sobre el que escribir, me despido.

Atentamente,

Vicky.

___________

Como es habitual, se recomienda leer la versión de Dani (http://diariosdeunaveleta.blogspot.com/2010/11/instrucciones-para-encontrar-un-tema.html), que hay que reconocer que esta vez me ha ganado por goleada.

El tiempo pasa

y cambia todo, menos

mis silencios.

Abrir comillasLo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.Cerrar comillas

(Oscar Wilde)

Sobre el paraguas azul

El miércoles pasado me compré un paraguas. Azul cian, con varillas de color fucsia. Vamos, una explosión de color para animar los días de lluvia.

Puede parecer una tontería, pero realmente es lo más emocionante y audaz que he hecho en toda la semana. Un motivo de orgullo, ilusión y alegría que he acabado compartiendo con todo el mundo.

Además, me ha llevado a reflexionar sobre las cosas que parecen hacerme feliz. Tomar mandarinas de postre, volver a escuchar canciones que en otro tiempo me gustaban, llegar a casa y encontrar un paquete de galletas para merendar, recibir un mensaje inesperado. Nimiedades, bobadas, memeces, pamplinas.

Y sin embargo me resulta imposible encontrar algo que realmente me motive, que me interese, que me preocupe.

Mi vida me aburre.

Todo me aburre.

Porque sí, puede que sonría continuamente sólo para autoconvencerme de que soy alegre.

Puede que vista siempre de colores alegres sólo para intentar ocultar lo gris que es mi existencia.

Puede que me dedique a comprarme paraguas azules sólo porque me sé incapaz de mostrar interés por las cosas realmente importantes, las que deberían motivarme.

¿Pero cómo salir de un maldito lago de cieno?

Aun ya cansada,

no dejo de anhelarte

en la distancia.

Algo había cambiado aquella mañana. Lo percibí nada más despertarme, aunque me llevó un buen rato descubrir qué era. No se trataba del irritante sonido del despertador, ni de la firme almohada que suelo abrazar al dormirme. Tampoco los rayos de sol que conseguían burlar las cortinas de nailon barato eran diferentes. En efecto, nada en la pequeña habitación parecía haber sufrido la más mínima transformación y, sin embargo, todo se me antojaba distinto. Los oscuros muebles de madera envejecida, las fotos que me mandaban sonrisas congeladas desde la pared de color verde musgo, la inevitable sensación de nostalgia de los días de lluvia. Aquella mañana, todo parecía estar impregnado de un aura especial, que hacía que los objetos más cotidianos me resultaran nuevos. Mientras me incorporaba, intentando salir del mar de sábanas con inusual parsimonia, un tímido destello de lucidez empapó mi mente de una curiosa idea: era yo quien había cambiado.

No me molesté en reprimir un sonoro bostezo al encaminarme, descalza, hacia el espejo que me esperaba precariamente apoyado en la pared, sin colgar. Sabía, en el fondo, lo que iba a encontrar al contemplar mi reflejo, pero no dejó de sorprenderme al verme exactamente igual que el día anterior. Igual, sí, pero a la vez completamente distinta. Mis ojos brillaban de forma muy particular, llenos de curiosidad por un mundo que creía estar contemplando por primera vez.

Una rápida ducha después, bajé a la cocina furtivamente, procurando no despertar a mi familia, que aún dormía. Desayuné un café con leche y exactamente tres galletas, una manía que arrastro desde hace tanto tiempo que soy incapaz de recordar cuándo y cómo empezó. Tras el desayuno, llevando como armadura mi mejor abrigo y como escudo el paraguas de mi hermana, salí a la calle, preparada para enfrentarme a un mundo que, si bien ya no me parecía tan anodino, me seguía resultando incomprensible y corrupto. Menos mal que al fin me sentía capaz de cambiarlo, de mejorarlo…

Qué pena que no sea cierto,

que no haya cambiado en absoluto,

que siga siendo una idiota con pretensiones…